Entrevista con Diego Bonilla Urbina: ciencia, territorio y rutas hacia la paz

Entrevista con Diego Bonilla Urbina: ciencia, territorio y rutas hacia la paz

Hablar con Diego Bonilla Urbina es una experiencia transformadora. No solo por la calidez con la que transmite sus vivencias, sino por la profundidad con la que conecta ciencia, territorio y vocación de servicio. Nacido en Quito pero moldeado por 27 años de vida en las Islas Galápagos, Diego representa una generación de profesionales ecuatorianos que han sabido convertir el conocimiento técnico en una herramienta de empoderamiento comunitario y conservación real.

Biólogo con especialización en botánica por la Universidad Católica del Ecuador, su trayectoria se ha expandido a nivel internacional con estudios en Dinamarca y España, donde profundizó en temas de sostenibilidad, manejo de áreas protegidas y gestión turística. Pero es en el cruce entre la biodiversidad ecuatoriana, los saberes locales y la planificación participativa donde ha forjado su enfoque único: una ciencia que no se limita al laboratorio, sino que camina con las comunidades, escucha, propone y transforma.

Exdirector del Parque Nacional Galápagos, amante del buceo de profundidad, creador y promotor de las Normas de Calidad Turística como: Smart Voyager Express, Distintivo Q de la ciudad de Quito y la Norma de Estándares de Calidad y Buenas Prácticas de Turismo Sostenible WPR. Diego ha liderado procesos estratégicos que hoy buscan consolidarse en World Peace Routes (WPR), un ambicioso programa global que certifica rutas turísticas alineadas con los principios de sostenibilidad, paz y justicia territorial. Su rol en Fundación Progressio Ecuador —colaborando desde hace más de 4 años— ha sido clave para impulsar iniciativas de gran alcance, como la creación del programa de “Fortalecimiento del Patrimonio Cultural y la Memoria Ancestral en Torno al Agave Andino”, el mismo que contribuye a salvaguardar el invaluable patrimonio inmaterial y - de sobre manera - a propiciar el desarrollo sostenible de las comunidades indígenas en situación de vulnerabilidad de la región andina del Ecuador.

En esta entrevista, exploramos su visión sobre la conservación que incluye a las personas, su pasión por la conservación y protección del medio ambiente, la gestión y planificación de proyectos, y el desarrollo sostenible de las comunidades, y su fe en que Ecuador puede —y debe— liderar un nuevo paradigma de desarrollo que combine la conservación del entorno natural, equidad social y sentido de pertenencia.

 

Diego, tu vida se ha movido entre la ciudad de Quito y las islas Galápagos. ¿Qué aprendizajes vitales te ha dejado ese contraste de territorios?

El contraste de vivir entre la ciudad de Quito y las Islas Galápagos ha sido, sin duda, la brújula de mi carrera y la base de mi visión profesional. Ambas realidades, tan distintas, me han enseñado lecciones esenciales y complementarias.

En Galápagos, la lección es inmediata y contundente: todo está interconectado. La conservación no es una abstracción, sino una práctica diaria donde cada acción humana tiene una repercusión directa en un ecosistema frágil y único. Allí comprendí que la conservación más efectiva no surge de la imposición, sino del empoderamiento de las comunidades locales, convirtiéndolas en guardianas activas de su patrimonio natural.

Por otro lado, la vida en Quito y el trabajo en la región andina me han enseñado una lección profundamente humana. Aquí, el desafío es integrar la conservación con la memoria ancestral, la cultura y el desarrollo social de comunidades que han habitado estos territorios por generaciones. Entendí que el patrimonio no es solo natural, sino también cultural e inmaterial, y que el desarrollo sostenible debe ser un vehículo para salvaguardar ambos.

La gran lección, entonces, es que la conservación no tiene fronteras. El camino hacia la sostenibilidad se construye con un modelo que une la equidad social con la salud del entorno natural, ya sea en un archipiélago icónico a nivel mundial o en las comunidades andinas que luchan por preservar su identidad. Mi experiencia me ha demostrado que el éxito real se alcanza cuando la ciencia deja el laboratorio para caminar junto a las comunidades, escuchando y transformando realidades en conjunto.

 

 

¿Cómo fue la experiencia de estudiar en Dinamarca, viniendo de un país tan biodiverso y cálido como Ecuador?

Estudiar en Dinamarca fue una experiencia de aprendizaje invaluable y, en muchos sentidos, un contraste fascinante. Pasé de un país donde la biodiversidad es una explosión de vida y color a otro donde la sostenibilidad se vive a través del orden, la planificación y la tecnología.

En Dinamarca, profundicé en los sistemas de gestión, la planificación a largo plazo y la aplicación de políticas de sostenibilidad que son líderes a nivel global. Aprendí sobre la eficiencia en el manejo de recursos naturales y la importancia de una visión estratégica para la conservación.

Sin embargo, venir de Ecuador me dio la perspectiva crucial de que la técnica por sí sola no es suficiente. La ciencia de la conservación y la sostenibilidad, para ser efectiva, debe estar profundamente arraigada en el territorio, la cultura y las necesidades de las personas. Mi experiencia en Dinamarca me hizo valorar aún más el inmenso capital natural y humano que tenemos en Ecuador. La conexión directa de nuestras comunidades con la naturaleza y los saberes ancestrales son un activo invaluable que no se puede replicar con tecnología.

Así que, en lugar de ser dos mundos separados, se convirtieron en un puente. Dinamarca me dio las herramientas técnicas y la visión estratégica, mientras que Ecuador me recordó el corazón y el alma de la conservación: que debe incluir a las comunidades,, ser participativa y buscar el desarrollo equitativo. Esta integración de la visión global con el conocimiento local es lo que me motiva a seguir trabajando.

 

Fuiste director del Parque Nacional Galápagos. ¿Qué desafíos recuerdas con más intensidad de esa etapa y cómo enfrentaste la tensión entre conservación y desarrollo local?

Ser director del Parque Nacional Galápagos fue, sin duda, uno de los mayores privilegios y a la vez desafíos de mi carrera. La tensión entre la conservación de un patrimonio mundial único y las legítimas aspiraciones de desarrollo de su gente es la esencia misma de ese rol.

El desafío más intenso que recuerdo fue navegar esa tensión. No era una lucha entre opuestos, sino la necesidad de encontrar un equilibrio sostenible. Por un lado, teníamos la enorme responsabilidad de proteger una biodiversidad irrepetible de amenazas como las especies invasoras y la pesca ilegal. Por otro, debíamos responder a las necesidades de una población local que crece y que busca oportunidades, a menudo viendo las regulaciones de conservación como obstáculos para su progreso.

Para enfrentar esa situación, nuestra estrategia fue romper con la idea de que la conservación y el desarrollo son mutuamente excluyentes. En lugar de ello, buscamos unirlos a través de la participación y la corresponsabilidad. Implementamos un modelo de planificación participativa que sentó a la mesa a todos los actores: conservacionistas, pescadores, operadores turísticos y líderes comunitarios. El objetivo era que las comunidades no solo fueran receptoras de las decisiones del Parque, sino socias activas en su gestión.

La gran lección de esa etapa es que la conservación más exitosa no es la que se impone, sino la que se construye de la mano de las personas. La única manera de garantizar la protección a largo plazo de Galápagos es a través del desarrollo sostenible de sus comunidades.

 

 

En tu trayectoria, has impulsado certificaciones pioneras en turismo sostenible. ¿Qué hace única a la propuesta de World Peace Routes?

A lo largo de mi carrera, he sido un firme creyente en que el turismo, bien gestionado, es una poderosa herramienta para la conservación y el desarrollo. WPR nace de esa convicción y representa una evolución de las certificaciones previas que he impulsado.

Lo que hace única a la propuesta de World Peace Routes es que va más allá de los estándares tradicionales de sostenibilidad ambiental y social. WPR eleva la vara, incorporando de manera central los principios de paz y justicia territorial.

No hablamos de paz como la mera ausencia de conflicto, sino de una paz positiva, que se construye activamente. Esto significa certificar rutas que promueven el diálogo intercultural, que valoran y respetan el patrimonio inmaterial,  los saberes ancestrales y su entorno natural, donde el turismo se transforma en un vehículo para la reconciliación y el entendimiento mutuo. Es un turismo que genera cohesión social y conservación de nuestros recursos naturales.

Y la justicia territorial es clave. Se trata de asegurar que los beneficios del turismo se distribuyan de manera equitativa y que las comunidades locales, especialmente las más vulnerables, tengan protagonismo y voz en la gestión de su territorio. El turismo, bajo este enfoque, no extrae recursos, sino que los conserva y potencia, generando valor en las comunidades y fortaleciendo su sentido de pertenencia.

En esencia, WPR es la materialización de nuestra creencia en que el turismo puede ser un agente de cambio global. Es una herramienta que certifica no solo buenas prácticas, sino un compromiso ético y profundo para que el acto de viajar contribuya a construir un mundo más justo y pacífico. Es un modelo que demuestra que la sostenibilidad más profunda es aquella que une el cuidado del entorno natural, el bienestar humano y la paz social.

¿Qué te ha motivado a dedicarte a generar estándares y marcos normativos cuando muchas veces se ven como procesos complejos o burocráticos?

Es una excelente pregunta, porque muchas veces el trabajo con estándares se ve como algo puramente técnico o incluso burocrático. Para mí, la motivación es precisamente lo opuesto.

Lo que me ha motivado es ver a los estándares y marcos normativos como herramientas poderosas para la acción y la transformación. Un estándar bien diseñado no es una barrera, sino un mapa de ruta claro y efectivo para que la sostenibilidad deje de ser una buena intención y se convierta en una práctica medible y escalable. En un país tan megadiverso como Ecuador, con comunidades tan ricas en saberes, es fundamental tener marcos que canalicen esa energía hacia un fin común.

Estos marcos nos permiten tener un lenguaje compartido y un piso común de calidad que genera confianza, no solo en los consumidores, sino dentro de las propias comunidades. Mi objetivo siempre ha sido usar estos procesos para empoderar, para darle a las comunidades las herramientas y el conocimiento técnico que, combinado con sus saberes locales, les permita ser protagonistas de su propio desarrollo.

En mi experiencia, los estándares son el puente entre la visión y la realidad. Son el andamio que nos permite construir proyectos complejos y ambiciosos como World Peace Routes, asegurando que la sostenibilidad, la paz y la justicia territorial sean principios tangibles y no solo conceptos abstractos.

 

 

Has vivido el mar desde la ciencia y desde la emoción. ¿Qué representa para ti bucear y estar bajo el agua?

Buena pregunta. Pocas cosas han definido mi conexión con Galápagos tanto como el mar. Para mí, bucear es la perfecta fusión entre la ciencia y la emoción, un acto que va mucho más allá de un simple deporte.

Desde la ciencia, el buceo es mi laboratorio. Es donde he podido observar de primera mano la complejidad de los ecosistemas marinos, la danza de las especies endémicas y la fragilidad del equilibrio. Es ahí, bajo el agua, donde las teorías sobre la biodiversidad, las corrientes oceánicas y la protección de las especies se vuelven una realidad tangible y fascinante.

Pero desde la emoción, el buceo en Galápagos es una experiencia de profunda humildad y asombro. Estar a 20 metros de profundidad, rodeado de tiburones martillo, mantarrayas y tortugas centenarias, te pone en perspectiva. Es un recordatorio de que somos solo una pequeña parte de un sistema mucho más grande y maravilloso. Esa sensación de paz, de estar en un mundo tan diferente y vivo, es lo que ha alimentado mi pasión y mi convicción durante más de dos décadas.

Así que, para mí, el mar no es solo un objeto de estudio; es un maestro y una fuente de motivación constante. El conocimiento científico me permite entender lo que veo, pero es la conexión emocional la que me impulsa a dedicar mi vida a la conservación y a buscar modelos de desarrollo sostenible que garanticen que estas maravillas sigan existiendo para las futuras generaciones.

¿Cómo llegaste a colaborar con Fundación Progressio Ecuador y qué te ha mantenido comprometido durante tantos años?

Mi colaboración con la Fundación Progressio Ecuador nació de una conexión muy natural de propósitos y valores. Encontré en la Fundación a un equipo humano que compartía mi visión de que la conservación del patrimonio natural no puede separarse del bienestar de las comunidades y de la protección de su patrimonio cultural.

Lo que me ha mantenido comprometido durante más de cuatro años es ver cómo esa visión se traduce en proyectos con un impacto real y profundo. La Fundación no se limita a la teoría, sino que trabaja activamente con las comunidades para generar cambios significativos.

Un ejemplo claro es el programa de manejo y conservación del Agave Andino. Para mí, este proyecto representa la esencia de un desarrollo sostenible. No solo contribuimos a salvaguardar un invaluable patrimonio inmaterial y a fortalecer la memoria ancestral, sino que también propiciamos el desarrollo económico sostenible de comunidades indígenas en situación de vulnerabilidad. Vemos cómo la cultura se convierte en una herramienta de empoderamiento y de resiliencia.

La Fundación Progressio me ha permitido llevar la ciencia y la gestión que aprendí en Galápagos a un contexto andino, demostrando que los principios de participación comunitaria y la integración de la conservación con la equidad social son universales. La motivación es ver cómo, juntos, podemos construir un futuro más justo y sostenible para Ecuador.

 

 

El proyecto del agave andino ha ganado fuerza en los últimos años. ¿Qué te cautivó de esta iniciativa y qué impacto crees que puede tener?

Lo que me cautivó de la iniciativa del agave andino fue, precisamente, su capacidad de tejer una historia completa. No se trata solo de un proyecto botánico o agrícola, sino de un punto de encuentro entre la biología, la cultura y la justicia social.

Me cautivó ver cómo una sola planta, el agave, es el centro de un programa tan holístico. Por un lado, es un símbolo de la memoria ancestral y el patrimonio inmaterial de las comunidades andinas. Por otro, es una pieza clave en la conservación del suelo y la resiliencia del ecosistema andino. Y, lo más importante, es una fuente de desarrollo económico digno y sostenible.

El impacto que creo que puede tener es inmenso. Este programa sirve como un modelo a seguir, demostrando que podemos salvaguardar un ecosistema y una cultura al mismo tiempo. Al empoderar a las comunidades para que gestionen y se beneficien de su propio patrimonio, estamos fortaleciendo su resiliencia social y económica. Lejos de ser una imposición, es una iniciativa que nace de la sabiduría local y la capacidad de las propias comunidades, donde la Asociación Nacional de la Cadenas Productivas de Penco y Cabuya del Ecuador (ANAGAVEC), cumple un papel protagónico. 

En definitiva, el programa del agave andino es una demostración viva de que una ciencia que camina con la gente es la más transformadora. No solo estamos conservando una especie, sino que estamos cultivando un sentido de pertenencia, fortaleciendo identidades y construyendo un futuro más justo y equitativo para la región andina del Ecuador.

 

Desde tu perspectiva como científico y gestor, ¿cuál es el rol que debería tener Ecuador en la conversación global sobre sostenibilidad y pueblos indígenas?

Desde mi perspectiva como científico y gestor, Ecuador no solo tiene la oportunidad, sino la responsabilidad histórica de convertirse en un líder global y un faro de referencia en la conversación del entorno natural y sus pueblos indígenas. Nuestro rol no es simplemente participar, sino liderar un cambio de paradigma que el mundo necesita.

Nuestra posición privilegiada se sustenta en dos pilares inseparables que nos hacen únicos. Primero, nuestra megadiversidad: no somos solo un país con ecosistemas únicos, sino un guardián de la biodiversidad más crítica y valiosa del planeta. Desde las Islas Galápagos, un laboratorio de la evolución, hasta la inmensidad de la Amazonía y la riqueza de la Costa y los Andes, nuestras decisiones en el manejo y conservación  de la naturaleza tienen una resonancia global. Esto nos confiere una autoridad y responsabilidad ineludible.

El segundo pilar es la profunda diversidad y la sabiduría de nuestros pueblos indígenas. Su conocimiento no es una simple tradición; es una ciencia ancestral, probada a través de miles de años, sobre cómo vivir en armonía con la naturaleza. La mayoría de las soluciones que el mundo busca desesperadamente para la crisis climática ya existen en las prácticas y la cosmovisión de estas comunidades. Nuestro rol es honrar y elevar esa sabiduría. Proyectos como el programa del agave andino son un ejemplo de cómo podemos validar este conocimiento ancestral con rigor científico, demostrando que la conservación más efectiva es aquella que nace de la cultura y la memoria de la gente.

El liderazgo de Ecuador debe ser tangible. No se trata de ofrecer discursos, sino de demostrar con hechos que un nuevo modelo es posible. Para ello, debemos enfocarnos en:

  • Pioneros en Justicia Territorial y Gobernanza Participativa: El modelo del pasado, donde la conservación se imponía de forma vertical, ya no es viable. Debemos liderar la conversación global mostrando cómo la gobernanza participativa y la justicia territorial son la base del éxito. Esto implica dar a las comunidades indígenas y locales un rol central en la toma de decisiones sobre sus territorios, haciendo de la co-gestión y la corresponsabilidad la norma.
  • Innovación Económica Sostenible: Tenemos que probar que la sostenibilidad es un motor de prosperidad. Nuestro rol es exportar modelos económicos que generen valor a partir de nuestros activos únicos. Esto incluye un turismo que va más allá de la simple visita (como el enfoque de World Peace Routes), promoviendo experiencias que construyan paz y equidad social. También implica desarrollar bio-emprendimientos y cadenas de valor basadas en el conocimiento ancestral, como la producción de derivados del agave que empoderen económicamente a las comunidades indígenas.
  • Abogar por una visión humanista: Ecuador puede ser la voz que recuerde al mundo que la sostenibilidad no es solo un tema de huella de carbono o de regulaciones, sino de equidad social, dignidad humana y respeto cultural. Podemos liderar abogando por la defensa de los derechos de la naturaleza, una noción que ya está consagrada en nuestra Constitución, y por la centralidad de los pueblos indígenas como actores clave en la solución a los desafíos globales

En conclusión, el rol de Ecuador es ser el puente entre dos mundos: el de la ciencia moderna y el de la sabiduría ancestral; el de la conservación y el del desarrollo humano. Al integrar estos dos pilares, podemos ofrecer al mundo un nuevo paradigma de desarrollo, donde el progreso se mide no solo por indicadores económicos, sino por el bienestar social, la fortaleza cultural y la salud de nuestros ecosistemas. Es una visión ambiciosa, pero creo firmemente que es nuestro destino y nuestra responsabilidad.

 

¿Qué mensaje le darías hoy a las nuevas generaciones de jóvenes biólogos, activistas o emprendedores sociales?

A la nueva generación de jóvenes biólogos, activistas y emprendedores sociales, mi mensaje es este: la solución a los grandes desafíos de nuestro tiempo no está en un solo camino, sino en la confluencia de todos ellos.

 Unir la ciencia con las personas

Mi primera recomendación es que no permitan que su conocimiento se quede en un escritorio o un laboratorio. La ciencia más poderosa es la que se pone al servicio de las personas. Salgan al territorio, escuchen a las comunidades, aprendan de sus saberes ancestrales y usen su conocimiento técnico para empoderarlos. La conservación real se construye con la gente, no a pesar de ella.

 Rechazar las falsas dicotomías

Segundo, les diría que rechacen las falsas dicotomías. No tienen que elegir entre la conservación y el desarrollo. La única manera de tener un futuro sostenible es uniendo ambos. Trabajen para construir un modelo donde la salud del ecosistema sea la base del bienestar social, y donde la prosperidad de una comunidad sea la mejor garantía para la protección de la naturaleza.

Ser constructores de puentes

Finalmente, les diría que sean constructores de puentes. En un mundo polarizado, la verdadera fuerza está en la colaboración. Busquen el diálogo, trabajen con sectores diversos —con el sector privado, con el gobierno, con las comunidades— para crear soluciones que sean sostenibles, inclusivas y que generen paz. Su vocación no es solo la de proteger o emprender, sino la de unir mundos.

Ustedes tienen la energía, la creatividad y las herramientas para liderar este cambio. No se limiten a una sola etiqueta. Sean biólogos que innovan, activistas que construyen y emprendedores que transforman. El futuro de Ecuador, y del planeta, está en su capacidad de crear ese nuevo paradigma de desarrollo que integre la naturaleza, la equidad y el sentido de pertenencia.

 

 

UN RUMBO TRAZADO ENTRE EL MAR Y LA MONTAÑA

Diego Bonilla no solo ha navegado aguas profundas ni ha caminado entre especies endémicas. Ha aprendido a leer el lenguaje del territorio con sensibilidad científica y compromiso humano. En un país de cuatro regiones, decenas de etnias y miles de especies, Diego nos recuerda que la conservación sin justicia es incompleta, y que el turismo puede ser un aliado poderoso si se gestiona con ética, inteligencia y corazón.

Desde Fundación Progressio Ecuador, celebramos su mirada integral y su capacidad de conectar lo técnico con lo comunitario, lo local con lo global, lo botánico con lo humano. Porque no basta con proteger la biodiversidad si las personas que la habitan no están incluidas.

Que sus rutas de paz sigan creciendo y que, a través de ellas, más personas se libren del extractivismo, del olvido y de la desconexión con su propio entorno.

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